Santa Ana, la Cruz de la Selva

En el parque temático del Cerro Santa Ana es posible tocar el cielo con las manos y encontrar vistas imperdibles de la selva misionera. Un orquidiario y un mariposario completan un paseo lleno de devoción.

Al llegar a la pequeña población de Santa Ana, siglos atrás lugar de Misiones Jesuíticas Guaraníes,  la enorme cruz que hasta un momento se veía desde lejos guía a los visitantes hacia el Parque temático. Basta con dejar el auto e ingresar. Alborotados en la base, algunos prefieren alcanzar antes la cima y eligen pedalear en bicicleta por la calle lateral, o subirse a carro abierto tirado por un tractor. Otros, en cambio, se deciden por subir a pie.

La vista de todos se mantiene fija en el metálico brillo de una cruz de 82 metros. Estira con una recta filosa el cuerpo redondeado del cerro más alto de Misiones y acorta la brecha entre el cielo y la tierra.  Aquí, la selva paranaense es la dueña de casa y eso se nota desde el primer punto panorámico, que ofrece la vista franca de la geografía de las sierras misioneras.

A los pies de la cruz, muchas de las 162 especies de aves de la región revolotean como para cortejar a los contingentes de devotos que llegan admirados por el impactante paisaje. Los pájaros muestran con desparpajo sus vivos colores, como fuegos artificiales diurnos, trazando vuelos entre lianas, palos rosa, palmeras, pinos paraná y enormes helechos.

Más cerca de la cruz, otro claro improvisa un balcón hacia los cuatro puntos cardinales y el monte más expuesto revela un silencio que por un rato nadie se anima a quebrar, dejando oír el canto de las aves o los sonidos que vienen desde la selva.

El orquidiario y el mariposario, emplazados en el corazón del parque, recrean las condiciones óptimas para la supervivencia y reproducción de especies del Cerro Santa Ana. Las enormes aletas anaranjadas, azules y amarillas de las mariposas se posan en los hombros de los viajeros y los alegran con  un matiz cromático único; todos se van con fotos de recuerdo.

En el restaurante, a la espera del ansiado momento del ascenso, se saborea un desayuno con chipás, mbeyú y mate cocido. Los mozos prometen develar las recetas de estos platos locales al final del recorrido e invitan a pasar al local que exhibe artesanías y obras de artistas  misioneros, que sorprenden  con sus creaciones inspiradas en el entorno natural y el legado de las culturas originarias.

A la cruz se sube mediante un ascensor vidriado donde el paisaje deslumbra. El recorrido concluye a la altura de los brazos de la cruz y es llamativo: el segundo tramo se llama Ascensor del Cielo. Se siente algo de vértigo y más emoción.

Arriba, a media altura de la estructura, una brisa barre el mirador y bandadas mixtas de jilgueros, sairas de antifaz, surucúas, y tangaras exhiben su alegre plumaje. A pesar de las nieblas habituales en la zona, la vista panorámica en 360 grados  permite visualizar varias poblaciones cercanas, ríos y nacientes.

Un paseo de un día alcanza para conocerlo pero, si se quiere hacer noche, en la zona hay hosterías y estancias donde pasar una velada cómodamente, además de algunos restaurantes.

En algún momento hay que bajar. Se mira por última vez el horizonte y  la selva se dispara sin límites.

A Misiones se llega en avión al aeropuerto Cataratas del Iguazú o al Libertador General de San Martín, en ómnibus o en auto, por la Ruta 105.

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